Emprender para quedarse: cuando el retorno deja de ser el final

Durante décadas, la migración guatemalteca se ha contado desde una sola dirección: irse. El norte como promesa; el regreso como derrota. En ese relato dominante, la deportación marca el punto final del trayecto, una especie de cierre forzado que confirma la imposibilidad de avanzar desde el país de origen.  

Durante décadas, la migración guatemalteca se ha contado desde una sola dirección: irse. El norte como promesa; el regreso como derrota. En ese relato dominante, la deportación marca el punto final del trayecto, una especie de cierre forzado que confirma la imposibilidad de avanzar desde el país de origen.  

Sin embargo, fuera del relato habitual y de los discursos oficiales, comienza a tomar forma otra experiencia. Una más silenciosa, menos visible y profundamente cotidiana: la de quienes regresan y encuentran en el emprendimiento una primera tabla de salvación para recomponer su vida y quedarse. No por resignación, sino por decisión. No porque el país haya dejado de expulsar, sino porque, en medio de la precariedad, aparecen apoyos concretos, aprendizajes acumulados y pequeñas oportunidades que permiten volver a empezar.  

Lucy y Rodolfo no se conocen. No comparten familia ni comunidad directa. Pero coinciden en ese punto crítico donde el retorno obliga a decidir entre volver a intentar el camino migratorio o apostar por algo propio. Ambos fueron expulsados de EE. UU. Regresaron en su intento por llegar al territorio estadounidense. Volvieron con pérdidas. Decidieron quedarse. Y en ese quedarse, el emprendimiento se convirtió en el hilo que sostuvo el resto.  

Lucy: volver sin nada y construir desde el conocimiento

Marta Lucía Hernández, conocida como Lucy, no recuerda el instante exacto en que cruzó la frontera hacia EE. UU.. No hubo celebración ni sensación de triunfo. Recuerda el humo, las ventanas cerradas y la pérdida de control. Tenía 22 años y un hijo pequeño que la esperaba en Guatemala. Ese cruce confuso terminó bajo custodia de la patrulla fronteriza en El Paso, Texas. 

Lucy: volver sin nada y construir desde el conocimiento

Marta Lucía Hernández, conocida como Lucy, no recuerda el instante exacto en que cruzó la frontera hacia EE. UU.. No hubo celebración ni sensación de triunfo. Recuerda el humo, las ventanas cerradas y la pérdida de control. Tenía 22 años y un hijo pequeño que la esperaba en Guatemala. Ese cruce confuso terminó bajo custodia de la patrulla fronteriza en El Paso, Texas. 

Era 2006, un año marcado por un récord de deportaciones hacia Guatemala: 18 305 personas retornadas. Lucy fue una más dentro de esa cifra. Pasó por centros de detención en Texas y Nuevo México, trabajó limpiando por un dólar diario y regresó el 23 de diciembre, con nieve por primera vez ante sus ojos. Aterrizó en Guatemala el 24, de madrugada. 

Volvió con una deuda indirecta de GTQ 17 000, sin acompañamiento institucional y sin un plan claro. En ese entonces, no existían programas de reintegración digna. Volver significaba retomar la vida donde se había quedado, pero con más peso encima. 

Durante años, Lucy hizo lo necesario para sostener a su familia. Estudió profesorado en Matemáticas, intentó enfermería y trabajó en una granja familiar junto a su madre. Cuando la enfermedad obligó a venderla para cubrir gastos médicos, todo pareció cerrarse. Ese momento de quiebre abrió, paradójicamente, una nueva posibilidad. 

"Yo sé que la vida no es fácil, pero tampoco imposible"

A través de SERJUS, una organización comunitaria enfocada en economía popular en Quetzaltenango, Lucy recibió formación en agroecología y producción sostenible. Aprendió sobre cultivos orgánicos, procesos y comercialización. El acompañamiento no solo le dejó herramientas técnicas: le devolvió la confianza para emprender. 

De ese proceso nació Embutidos Lucy, un pequeño negocio de chorizos, longanizas y productos artesanales que luego se amplió a snacks de malanga, camote y yuca. Más adelante, junto a otras mujeres, formó el colectivo Hadas del Sazón. Hoy, ese emprendimiento sostiene su hogar y le permite permanecer en su territorio. 

Lucy es madre de tres hijos. El mayor tiene 24 años; los menores, 12 y 10. Su esposo emigró a Oklahoma hace seis años, pero ella no contempla seguirlo. Para Lucy, emprender no fue una aspiración abstracta, sino una respuesta directa al retorno. “Mi vida está aquí”, dice. Y ese “aquí” se construye todos los días, entre producción, ventas y organización comunitaria. 

El riesgo de irse y la urgencia de quedarse

La historia de Lucy se inscribe en una ruta que con los años se volvió sinónimo de riesgo extremo. La migración terrestre por México marcó a miles de guatemaltecos durante más de una década. Entre 2017 y 2019, los retornos vía terrestre no dejaron de crecer, hasta alcanzar 49 145 personas en 2019, según el Instituto Guatemalteco de Migración (IGM). 

La pandemia redujo los flujos en 2020, pero el repunte fue breve. A partir de 2023, los retornos descendieron con rapidez: 24 395 ese año; 15 088 en 2024; 55 276 en 2025;  y 6 554 en lo que va de 2026. El descenso no eliminó el riesgo. Solo en 2025, el Ministerio de Relaciones Exteriores recibió 77 reportes de guatemaltecos desaparecidos durante su intento de llegar a Estados Unidos. La mayoría provenía del occidente del país. 

Cada cifra encierra historias como la de Lucy, donde sobrevivir al trayecto no garantiza saber qué hacer después. Ahí, el emprendimiento comienza a aparecer como una salida posible. 

Rodolfo: quedarse y transformar la experiencia en oficio

Rodolfo Israel de León salió de Guatemala en 2008. Tenía 27 años y una deuda de GTQ 55 000. Cruzó por Huehuetenango y tardó 42 días en llegar a Texas. Vivió episodios que aún le cortan la respiración: 22 horas sin aire dentro de un tráiler junto con 79 personas más, ocho días en el desierto de Sonora y cuerpos abandonados en el camino. 

Rodolfo: quedarse y transformar la experiencia en oficio

Rodolfo Israel de León salió de Guatemala en 2008. Tenía 27 años y una deuda de GTQ 55 000. Cruzó por Huehuetenango y tardó 42 días en llegar a Texas. Vivió episodios que aún le cortan la respiración: 22 horas sin aire dentro de un tráiler junto con 79 personas más, ocho días en el desierto de Sonora y cuerpos abandonados en el camino. 

En Arizona, el último tramo fue un “levantón”: 42 personas acomodadas en un solo vehículo, algunos incluso amarrados sobre el capó. Contra toda lógica, Rodolfo llegó a Texas.  

Logró establecerse en Austin, donde vivió durante 16 años. Trabajó lavando platos, limpió oficinas y aprendió inglés con una libreta pequeña. Llegó a ser cocinero en un club de golf. Envió remesas y construyó casas en Guatemala. Cumplió la promesa material, pero perdió algo en el proceso: la infancia de sus hijos. 

En 2024 fue deportado. Ese año, 61 680 guatemaltecos regresaron desde Estados Unidos. Solo al departamento de Quetzaltenango retornaron 2 706 personas vía aérea. Rodolfo fue una de ellas. Bajó del avión con una bolsa pequeña y una vida entera reacomodándose. 

El regreso no fue físico, sino emocional. Pasó seis meses encerrado, sumido en una depresión silenciosa. Pensó en volver a intentarlo. Al final, decidió quedarse. La decisión tomó forma concreta cuando apostó por lo que sabía hacer. 

La pandemia redujo los flujos en 2020, pero el repunte fue breve. A partir de 2023, los retornos descendieron con rapidez: 24 395 ese año; 15 088 en 2024; 55 276 en 2025;  y 6 554 en lo que va de 2026. El descenso no eliminó el riesgo. Solo en 2025, el Ministerio de Relaciones Exteriores recibió 77 reportes de guatemaltecos desaparecidos durante su intento de llegar a Estados Unidos. La mayoría provenía del occidente del país. 

Cada cifra encierra historias como la de Lucy, donde sobrevivir al trayecto no garantiza saber qué hacer después. Ahí, el emprendimiento comienza a aparecer como una salida posible. 

“Ya no pienso regresar a EE. UU.”

Hoy trabaja como albañil durante el día. Por las noches cocina. Amasa, hornea y prueba recetas. Así nació Pizzería Tejana, un emprendimiento pequeño, todavía en construcción, que combina su experiencia en Texas con la urgencia de generar ingresos en casa. Su plan es claro: montar su propio comedor, una pizzería estable desde donde pueda trabajar y sostener a su familia. Ya tiene el refrigerador y el equipo básico; el negocio se arma poco a poco, como se levantan las casas. 

El menú también está en proceso. Además de pizzas, Rodolfo quiere vender burritos y arroz chino, aplicando técnicas que aprendió como cocinero en el club de golf. Se ha puesto una meta concreta: en un año, Pizzería Tejana debe estar funcionando a plenitud. 

El apoyo de la Municipalidad de Olintepeque, que le donó equipo eléctrico para la cocina, fue decisivo. No solo por el valor material, sino por el mensaje. “Ese apoyo me hizo sentir que sí hay gente dispuesta a ayudar”, dice. 

Para Rodolfo, emprender se volvió una forma de recuperar dignidad y estabilidad. “Ya no pienso regresar a EE. UU.”, afirma con una claridad que no admite matices. No lo saca del cansancio, pero le permite mirar el futuro sin pensar en otra travesía. 

Retorno, cifras y oportunidades frágiles

Entre 2015 y 2025, los guatemaltecos retornados vía aérea desde EE. UU. pasaron de 31 443 a 45 539 personas. El retorno dejó de ser una excepción para convertirse en una experiencia masiva. Frente a ese escenario, el desafío no es solo contar deportaciones, sino ofrecer caminos de reintegración sostenibles. 

Programas como la Estrategia de Certificación de Competencias para Migrantes Retornados, impulsada por el Ministerio de Educación con apoyo de la OIM, certificaron en 2025 a 43 personas en oficios como cocina, albañilería y electricidad. A la par, el Programa de Trabajo Temporal en el Extranjero ha beneficiado a más de 16 000 guatemaltecos desde 2019. 

El reto sigue siendo traducir estos esfuerzos en oportunidades que permitan permanecer en el país. 

Quedarse también es avanzar

Lucy y Rodolfo no idealizan el retorno. Conocen de primera mano las carencias de Guatemala y las razones que empujan a miles a migrar. Aún así, eligieron otra ruta. En un país donde el éxito suele medirse en kilómetros recorridos, sus historias proponen otra métrica: la de quedarse, producir y reconstruir desde lo aprendido fuera. 

Sus emprendimientos no son grandes empresas ni promesas de riqueza inmediata. Son, ante todo, decisiones conscientes. Actos de permanencia en un contexto que empuja a irse. Decisiones que no se sostienen en solitario. Detrás de ellas hay apoyos concretos: municipalidades, programas de formación, organizaciones que apuestan por el empleo, el emprendimiento y la reintegración. Estas iniciativas no resuelven las causas estructurales de la migración, pero sí hacen algo fundamental: demuestran que quedarse no tiene por qué ser resignación. Con acompañamiento, puede convertirse en una opción real, digna y posible. 

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Editor:
Ana González

Redacción:
Isabel Ortíz, Glenda Sánchez, Gérman Gómez

Realización de video:
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